Diario El Mundo
Jueves, 26 de noviembre de 2009
EXTRA VINOS (Edición especial)
Prohibicionismo de nuevo cuño, el problema real
Por Víctor de la Serna
En España tenemos hoy vinos excelentes —más numerosos que antaño—, buenos — mucho más que antaño— y malos —infinitamente menos que antaño—, lo cual es una feliz realidad. Tenemos también un consumo de vino per cápita que se ha desplomado un 40% durante el último lustro, de 25 a 15 litros por persona, fenómeno sin antecedentes históricos y sin parangón en el mundo occidental, y esa realidad es mucho más inquietante, además de paradójica y hasta incomprensible. La supervivencia de la cultura del vino está en peligro en nuestro país, donde la oleada mundial de ‘neoprohibicionismo’ ha adquirido tintes extremos desde 2004.
Se han producido alguna alarma seria (la ley antialcohol que equiparaba vino y droga dura, que Elena Salgado promovió durante su etapa en el Ministerio de Sanidad, y que fue abandonada tras la reacción unánime del sector) y alguna realidad pasmosa, como son esos carteles luminosos que la Dirección General de Tráfico (ya saben: “Gobierno de España”) cuelga en las autovías proclamando ‘Al volante, 0% de tolerancia’, y que naturalmente son fraudulentos y engañosos hasta que no se cambie la ley, que permite 0,5 g/l, cota a la que nunca se llega acompañando una comida de un par de copas de vino.
El vino con moderación no es más que saludable —ahí está la profusión de estudios que lo demuestran; en particular, pero no solamente, en relación con las enfermedades cardiovasculares—, y lo que es más, el vino puede ser un utensilio fundamental en la lucha contra el alcoholismo. De todo ello se habló profusamente en el ‘Davos del Vino’, la cumbre organizada hace pocas fechas en Italia por François Mauss (fundador del Gran Jurado Europeo del Vino), en la que el más famoso bodeguero italiano, Angelo Gaja, arengaba expresivamente a sus colegas y al resto de las personas interesadas en la más europea de las bebidas a no asistir impávidos al insólito embate contra una de nuestras señas de identidad.
Porque, claro, aunque en España el asunto se ha llevado al paroxismo desde el retorno de los socialistas al poder, la tendencia se observa en varios países europeos, en particular en los de mayor tradición vitícola, como Francia e Italia. Y, en todos ellos, y desde luego aquí, se observa en realidad un fenómeno notable: el problema del alcoholismo, juvenil o no, se incrementa sin cesar mientras que el consumo de vino disminuye también sin cesar.
Si colocamos ambos gráficos juntos, su discrepancia es patente. La conclusión es, claro está, evidente: el vino ya no tiene relación con el alcoholismo.
El vino se disfruta con las comidas (o con las más informales tapas a la española), en compañía, dentro de nuestra cultura tan típicamente europea de la convivencia. Quien quiere emborracharse lo hace hoy con líquidos infinitamente más eficaces. Pero la recuperación del vino, una bebida con la que moderarse no es difícil, como valor positivo, su introducción y promoción entre la juventud, serían iniciativas —si nuestros pacatos políticos lo entendiesen— de gran utilidad en la lucha contra ese terrible fenómeno del ‘binge drinking’, del fin de semana beodo…
Así lo ha entendido Pau Roca, secretario general de la Federación Española del Vino, que se lo ha sugerido a la Comisión Europea, y que merece todo nuestro respaldo.

